¿Tuviste un bebé? ¡No te olvides que también tenías un perro!

¿Recordamos aquellos tiempos donde nuestra mascota era la reina de la casa? La llamábamos con dulces apodos, compartíamos paseos interminables, era nuestra fiel compañera de aventuras, parecíamos inseparables.

La noticia del embarazo la olfateó desde un principio. Mostrándonos con su comportamiento extraño que lo presentía, ella sabía que se venía algo nuevo. Lo que no podía imaginarse, era las dimensión de lo que iba a suceder.

La naturaleza es sabia, es una frase que repetimos con frecuencia. Nueve meses para que un nuevo ser humano se desarrolle, nos permiten, de alguna manera, “prepararnos”. Es tiempo de espera, momento de fantasías, anhelos, de proyectos. Intentamos tener “todo listo”. Queremos dejar el menor lugar posible a imprevistos y hacer lo mejor para recibir al bebé. Le armamos su lugar en la casa, compramos las cosas que va a necesitar en sus primeros meses de vida, intentamos hacer un bosquejo de lo que suponemos que será nuestra cotidianeidad junto al bebé.

La llegada de un hijo pega fuerte. Al corazón, a nuestros emociones, conductas y pensamientos. Definitivamente no somos los mismos antes de ser padres y madres. Por más que lo hayamos anticipado, lo que nos sucede nunca es igual a lo que nos imaginábamos.

La transformación es muy grande. Nuestra organización diaria cambia, los tiempos son otros, los espacios también. Todo queda medio “dado vuelta” en esta montaña rusa que sin dudas es de las más emocionantes de nuestra vida. Una de la que no nos queremos bajar, aunque a veces nos sintamos algo mareados.

A esta altura, es probable que los lectores que hayan tenido la maravillosa experiencia de tener un hijo se sientan más o menos identificados. Imágenes, recuerdos, quizás es algo que están viviendo en este momento. Cada uno podrá contar su experiencia, que sin duda será singular.

En esta escena imaginada, no por eso menos real, podemos suponer que además, teníamos una mascota (o más de una). Que hacía tiempo que estaba con nosotros, pudiendo decir que cuando llegó el bebé, “estábamos en una relación”, perro-dueño, claro. Una relación estable, sólida, que tenía su historia. Prosigamos.

Llega el bebé a casa. Empiezan a pasar los días y brotan en simultáneo diferentes emociones. Alegría por la nueva vida, pero también algo de estrés, nos sentimos desorientados, cansados. Estamos a cuatro manos, necesitando seguramente muchas más. Y en el medio de todo esto, ¡El perro!

Es el momento fértil donde nos asaltan las preguntas: ¿Qué hacemos con el perro? ¡No podemos ocuparnos de él y el bebé al mismo tiempo! ¿De quién fue la idea de tener mascota? Empiezan las discusiones. ¿No salió hoy? Uff, sácalo vos, no ves que estoy a mil. ¿Le dimos de comer ya? Oh oh…no nos acordamos. Y que olor que tiene. ¿Hace cuánto que no lo bañas? Sacalo de acá ¿No ves que está el bebé? De repente nos agarra el ataque de pánico. De pronto nos damos cuenta: ¡La casa está llena de pelos! Aunque siempre estuvieron allí.

Esperando en el semáforo (momento de grandes reflexiones inútiles si lo hay), nos preguntamos cómo hace el de adelante que tiene la calco con tres pibes y dos perros. Está loco, definitivamente. No sabemos si por la cantidad de hijos, por los perros, ambos. Fantaseamos con la idea de restar un integrante a nuestra calcomanía mental. Todavía no sabemos cuál… pero por alguna razón el cuadrúpedo parece ser el candidato.

Me he encontrado en más de una oportunidad con parejas que ante el nacimiento de un hijo relatan lo dificultoso que es, además de la crianza del niño, tener una mascota. Cuentan que en muchos casos a la llegada del bebé lo que le sigue es una explosión atómica que concluye con la expulsión del más peludo de la casa. Qué pena. Podemos, si queremos, no llegar a esto.

La decisión de tener una mascota es una elección, como tantas en la vida, en las que no basta el “sí quiero”. Esta incluye, entre otras, tener conocimiento de los años de vida promedio de la mascota y la diversidad de cosas que pueden sucedernos durante ese período de tiempo: tener hijos, mudarnos, separarnos, viajar, contar con mayor o menor ingresos, etc.) Cosas que no siempre evaluamos…

¿Qué hacer y cómo afrontar esta situación sin que la pague el perro? Aquí unos consejos.

Primero y principal: no hay que olvidarse que el perro está allí. Percibiendo los cambios de una manera muy precisa. Si, existe, se queda mirándonos ir y venir como locos, tratando de entender que es lo que pasa en su casa, quién es esa cosita rosa y chillona que llegó con un olor nuevo. A él también hay que alimentarlo, hidratarlo, cepillarlo, sacarlo a dar una vuelta. No lo olvidemos. Él no se olvida de nosotros y también está intentando “comprender” lo que está sucediendo en su casa y su familia adoptiva.

Si bien al principio el hogar es un terreno minado por pañales, puérperas insomnes, hombres desorientados, sacaleches y otras delicias, no nos olvidaremos de satisfacer las necesidades básicas y mínimas de nuestra mascota. Quizás no tengamos la energía para jugar, él nos traiga la pelota y nosotros la queramos tirarla bien bien lejos. Es probable que nos moleste su sola presencia y, evidentemente, no tengamos mucha paciencia. Tranquilos, todo pasa, y ellos se adaptan más rápido de lo que nosotros creemos, pero se merecen lo mejor de nosotros, sus dueños.

Todo esto y mucho más y peor puede suceder, hasta que nos acomodemos con la idea de ser padres y nos reencontremos como dueños. No tiremos la toalla. No se trata de lugares intercambiables, o perro o bebé. Pueden coexistir y muy pero muy bien. Eso sí, tendremos que esforzarnos un poquito, pero luego disfrutaremos del resultado.

Pensemos las cosas desde otra perspectiva. Encontrar un pequeño momento para estar con nuestra mascota ayuda mucho, por pequeño que sea. Puede ser un paréntesis del caos doméstico inicial donde no hay día y noche, ni tiempo para bañarse, comer, atender a las visitas, peinarse, el bebé, la casa, el pañal, otra vez se hizo encima, la teta, la suegra, el hermanito si lo hay, etc. Nuestra mascota puede ser un rescate a esta diaria enloquecedora. Demos un paseo con ella de 10 minutos. Nos dará algo de aire. Salgamos con nuestra pareja, de paso también nos acordaremos de ella…

Podemos pedir ayuda. Es más fácil que encontremos una mano voluntariosa con nuestra mascota que con el bebé, sobre todo si es muy chiquito. Entonces, si en la casa no damos a vasto, pidámosle a algún familiar, amigo, vecino que nos de una mano, saque a pasear a nuestra mascota, juegue un rato con ella. Nos sentiremos más aliviados.

Que no se nos venga el mundo encima. Si estamos en crisis, lo más probable es que no sea por el perro. No es “culpa” de nadie. Es una etapa compleja, a transitar.

Experimentemos lo mágico de la relación entre el bebé y el perro. ¡Puede ser muy alentador! Si estamos desmotivados y con ganas de mandar al perro “lejos”, prestemos atención a lo que puede suceder entre ambos. Que lo huela, lo reconozca. Va a ir surgiendo una relación entre ellos y es muy lindo ser testigo de eso. De hecho, si logramos sobrevivir (más que nada si nuestra mascota logra sobrevivirnos) a los primeros meses, disfrutaremos la experiencia inigualable de criar un hijo en compañía de una mascota.

Como hemos visto en artículos anteriores, criar un niño en compañía de un animal es maravilloso. Un beneficio sin igual, un compañero de juegos, maestro de valores como responsabilidad, respeto y cuidado, una oportunidad de dar a nuestros hijos un complemento natural para construir una infancia feliz. Si tenemos esa oportunidad y de verdad lo deseamos, vale la pena el esfuerzo de estos primeros tiempos de acomodamiento a la nueva configuración familiar.

Espero que estas palabras hayan servido de aliento para esos “nuevos padres” que también fueron dueños, que todavía lo son. Ojalá se reencuentren con ese costado animal y puedan armar una nueva familia integradora.

Contanos cómo fue tu experiencia. ¡Mucha suerte!

 

Lic. Delia Madero

Psicóloga

M.N. 41798

delia.madero@gmail.com

 

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